Noches de gloria
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Diálogos

15 Ago, 2023
“Cuando el pintalabios tocaba mi boca, la máscara vanagloriaba mis pestañas y el colorete prestaba color a mis mejillas. Mi cuerpo respondía con firmeza. Mi mente se centraba en un solo ámbito y todo lo que alguna vez creí utópico lo percibía como mío. Era una lástima que, de algún modo, para remediar aquello de una vez por todas, iba a tener que enumerar los sutiles signos gracias a los cuales, por la tarde, junto al espejo, había convertido en un milagro el mantener mi autocontrol.”

Crónica

Por: Alondra Flores Estrada

 

“Mi vida siempre estuvo repleta de silencios, en su gran mayoría incómodos, el mutismo más exagerado rompía la tempestad, el sigilo se tornaba cruel… Con el tiempo fue más llevadero. Jamás comprendí si la razón de mi tranquilidad era la costumbre o la resignación. El silencio por naturaleza reserva palabras, castiga al parloteo, pero había momentos que escapaban a la caprichosa regla del mutismo: los “momentos Pinter”, aquellos instantes en donde no existen ganas de hablar. Es embarazoso el silencio, las palabras no pueden expresar el sentimiento y toda seña lingüística se resume a un sentido secundario.”

A los 6 años descubrí que los silencios no eran un cataclismo del destino, el sigilo forzado no fue una penitencia con la que cargaba cada ser humano, sólo me pasaba a mí. Sufría por ser diferente, por no querer botar una pelota en el patio del colegio mientras corría en pantaloncillos, por no ser un niño que enlodaba su playera, por no ser campeón de juego.

Yo era una anomalía atómica, torpe, con “dotes afeminados” y poco talento para ser un hombre. Me convertía en la minoría de la que hablaban mis libros de historia. Era un misterio que nadie se atrevía a descifrar (por miedo o quizá asco). Para la gente no era un ser humano, sino una pregunta sin respuesta coherente.

El bagaje de mis memorias es vasto, como para tapizar un departamento en la Ciudad de México o adoquinar un parque. Los topes de marginación no los padecía únicamente en la escuela, mi casa era una cárcel en donde el quehacer liberal era penado con cadena perpetua: se permitía rezar, exhalar e inhalar (las actividades aprobadas por el seno conservador).

Mis recuerdos son muchos, pero me cuesta trabajo contarlos. Me inmiscuyo en una espantosa zambullida. Al seguir con la narración de todo lo que es horrible de orar a Dios y tener el pecaminoso pensamiento de ser alguien más, no solo desafío la fe más liberal, sino que renuevo lo que sufro y recorro el excesivo camino hacia el final.

Me escabullía después de las misas taciturnas. Entraba a gatas al cuarto de mis padres para no ser descubierto. Abría el armario de mi madre: jalaba de la manija robleada que colgaba del cajón, sacaba uno de los vestidos, tomaba un par de zapatillas y hurgaba entre las alhajas. Cuando tenía el conjunto completo me desnudaba: el pantalón, la playera, los zapatos se dejaban caer por el suelo. Me despojaba de cada uno de los artículos que me hacían sentir un ser humano distante, un individuo fuera de sí.

Cuando el pintalabios tocaba mi boca, la máscara vanagloriaba mis pestañas y el colorete prestaba color a mis mejillas. Mi cuerpo respondía con firmeza. Mi mente se centraba en un solo ámbito y todo lo que alguna vez creí utópico lo percibía como mío. Era una lástima que, de algún modo, para remediar aquello de una vez por todas, iba a tener que enumerar los sutiles signos gracias a los cuales, por la tarde, junto al espejo, había convertido en un milagro el mantener mi autocontrol.

Era una lástima verme obligado a reinvestigar la certeza del momento mismo y repetir cómo había llegado hasta mí esa revelación. Por primera vez lo que veía en el espejo era exactamente lo que yo apreciaba por dentro.

Si me sentía digno de admiración y completo, ¿por qué debía esconderme del parecer ajeno? Mi persona era impura para la tradición de una familia donde los hombres respetan su género, a no ser que huyan de la penitencia de Dios y sus milagros.

Yo era una pregunta sin respuesta, una pregunta que pasó de ser externa a enclavijarse como un aquelarre interno. Yo era una pregunta bastante directa, pero la ligereza no era mi nota, y en cualquier caso antes de que el grosor del alba nos advirtiera que mi mente y cuerpo debían separarse de nuevo, obtuve mi respuesta.

Viví en secreto, en el anonimato, gozaba de la más inquebrantable de las desarmonías (para mi silencio eran armonías de horror). Al cumplir los 16 años, me dejé de tapujos, esquivé toda grosería proveniente de mi madre y me enfrenté a los golpes de mi padre. Les grité que lo último que sabrían de mí es que habían criado a una mujer: a Natalia.

Maleta en mano. Azoté el zaguán de aquella casa en Copilco. Me alejé poco a poco, sin saber el rumbo. Entre mis posibilidades sólo figuraban las calles: el abundante cesar de los automóviles, las luces cambiantes de cada semáforo e incluso el smog venenoso de las esquinas. Recuerdo haber caminado lo suficiente hasta toparme con mujeres entaconadas, posándose en minifaldas y figurando movimientos que, de haber sido vistas por mi madre, serían dignas de una visita con el sacerdote.

Se les veía pulcras a su manera, delgadas, con retoque instantáneo de maquillaje, pelo bien relamido y vestidos recortados con imposibilidad de imaginar más. Eran el espejo más directo de la feminidad. Viéndolas y viéndome, la experiencia de identidad era un caos. De su realidad me distanciaba la aptitud (apenas hace unas horas había decidido huir para reconocerme).

Mi pretensión murió al observar a una de las mujeres que se acercaba, dejando su cómodo lugar en un semáforo.

Este no es lugar para ti, mamita, ¿quién eres?

–Quiero jalar aquí, ¿se puede?

–Habla con el Kike. Si él te pone a chambear, te vienes conmigo.

No bastó más que la primera interacción con Kike para sentir la mirada carnívora. Era un hombre con lascividad perpetua, que no derivaba precisamente del aspecto de quien se topara, sino de la representación del oficio.

–Si quieres jugarle a la escort, adelante, pero la estrenadita te la doy yo.

Foto © Ministerio Público de la Defensa

La forma en la que me desvestía y arrancaba el vestido de mis hombros hasta llevarlo al piso era una jugarreta abusiva del pasado (recordé el primer encuentro con mi primo). Cuando descubrió que gustosa vestía de mujer y entrando por detrás mío, me aventó hacia la cama, repitiendo que me veía mejor de niña.

Provechoso o no, el desenfreno de mi primo fue una constante. Kike u otro cliente tenían los mismos pasos a seguir. La rutina sexual distaba de ser una variable de placer. Un intercambio de dinero y un lugar para pasar la noche por caricias sin sentir.

A los 18 años partí el pastel que Nena y Malena compraron después de dos días enteros de atender clientes o como decía Malena: “consentir a los reyes”. Soplé las velas con una nueva meta: conseguir la mejor esquina de todo Tlalpan, la que enviste el Hotel Cortés, con vista hacia los edificios de los clientes frecuentes.

Kike insistía en que mi juventud no era suficiente. Competía en cuanto a décadas de sabiduría y arrugas contra otras colegas, pero mi físico distaba de la atracción a primera vista que busca un conductor primerizo de ruta.

Era desgastante mi pelea diaria con las otras mujeres que, como yo, permanecían arrumbadas en un callejón sin alumbrado y que databan de ser más un parqueadero que un lugar de circulación. La frustración y el consejo de la Nena impulsaron la primera operación: la de senos.

Tras esa operación mi tasa de clientes al día subió. Una de las “principales”, como les decía Kike, falleció por sobredosis y me cedió el lugar a mí, a cambio de la mitad de lo que me llevaba en una noche. Los pechos duplicaron el precio por cliente, 600 pesos por servicios completos y el lujo que se quisiera dar el rey.

Mi juventud era la mejor arma, el maquillaje me lucía con el tintinear de las luces provenientes de clientes que me disfrutaban como si de muñeca de aparador se tratara. Me subían al auto y se servían de mí.

Sería una mentira poco piadosa exponer que las caricias eran un disfrute total. El oficio de una encantadora de hombres es, en ocasiones, similar al de un detective que persigue un asesino: no sabe quién será el verdadero sorprendido y mucho menos conoce el final (aunque es obvio que siempre espera lo peor).

Las primeras veces escondía las manos en los lados del automóvil de la noche, pretendía invisibilizar el hecho de que las uñas estaban mordidas por el pánico de no volver jamás a mi esquina, de que me encontraran en un terreno baldío por Copilco, como le ocurrió a Zoraya.

Dicen que la única forma de sobrevivir en este oficio es agarrar al toro por los cuernos. De tantas veces de pánico nocturno me volví domadora. Las noches de intranquilidad eran, por fin, noches de gloria.

Ser prostituta es de los trabajos más nobles, a mi parecer. Presto mis servicios a las personas en estado lívido, en estado no pensante o que palidece de un pesar; una víctima de la nostalgia que pide a gritos ser curada con amor figurado y apapacho carnal (es casi como curar a un desvalido).

Mi rutina giraba alrededor de mis pacientes porque la jerga popular de “cliente” no da el crédito suficiente. Yo sólo conocía las mañanas a través de las persianas de algún motel, luego de levantarme cubierta de sábanas.

Reconocía los rayos del sol, pues eran los que me guiaban de camino a casa, la última señal climática que me acompañaba al dormir; para despertar, nuevamente ante la luna de la noche.

Mi jornada laboral era igual de confusa y exasperante que la de cualquier oficinista promedio, a diferencia de que mi éxito lo medía el corto de mi vestido y lo alto de mi tacón de diamante.

Poco a poco me convertí en una “principal”. Era la muñeca favorita de Kike por la facilidad con la que me acoplaba a los clientes, incluso los que no deseaban una “compañera con gancho al piso”. Decidí que, por el bien de mi trabajo y para mantenerme alejada del callejón de mis principios, era necesaria la operación de sexo.

Me sometí a esta con el único ideal de poder ser lo que de nacimiento se me negó. Al final del día era un simple gaje, un requisito de profesión, tal como se pide una cédula en un requisito burocrático.

Los clientes que regularmente me visitaban en la esquina ya no estaban interesados. Mi dote varonil los mantenía en estatus de paciente regular y, al revertir esto, nada me hacía biológicamente especial. Mi tiempo en Tlalpan había acabado.

Entre la multitud capitalina me encontraba perdida, deprimida, con la intención de renunciar a la profesión que me vio crecer como una mujer de belleza incandescente. La tierra morelense me recibió con un abrazo cálido, diferente al desastre chilango, que viene y va. Busqué una casa y me instalé en un vecindario de gente que no me conocía.

No conocía mi pasado y ni un solo detalle de mis rutas nocturnas o de mis clientes alternos. Traté buscando trabajo de cajera, de secretaria, pero mi aspecto hablaba por mí; las personas comenzaban a murmurar. Hui del bullicio, pero me adentré en habladurías… era un pueblo chico, un infierno grande.

Entre las habladurías y el poco deseo de abandonar mis raíces de vendedora de caricias, terminé por asimilar que mi madre me parió con la razón de darle al mundo una nueva trabajadora de complacencia.

Mis clientes eran cada vez menos, pero seguros. Por primera vez en toda mi racha no había necesidad que posara en esquinas esperando a que alguien me recogiera, sino que mis servicios ya eran por cita.

Los servicios los daba en mi casa, en un motel o donde ellos desearan. Gran parte de mis clientes (casados) me pedían acudir a su casa cuando su esposa no estaba y consentirlos, escapando de la calidad matrimonial antes del encuentro incómodo con la esposa.

Tengo 52 años y me costó la primera década de mi vida comprender que mi papel no es ser un fenómeno distinguido de terapia, sino un ser humano alejado del anonimato. El merecer es un pronóstico errado, me decidí por no merecer, sólo hacer; de hacer mía la posibilidad de ser yo.

Hay cosas que hasta hoy no me gusta contar. Silencio. Mutismo que enterraron mis ganas de existir. Pensaba en acabar con mi vida, que a fin de cuentas no era mía, sino de un individuo, hija de las normas sociales y no hijo de su propio destino.

Soy Natalia, una mujer trans de 52 años, que hoy puede proclamarse dueña de su cuerpo y enterrar la identidad que la oligarquía varonil fundó en sus entrañas, incluso antes de que pudiera aprender a hablar.

Soy una prostituta, una de tantas que ha sido tachada de inmoral por pasar de noches de incertidumbre a noches de gloria.

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