Me hizo llorar un sándwich
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Diálogos

2 Ago, 2023
“No hago nada. Hace un tiempo siento que no hago nada. Nada por salir, un nada que ni siquiera pertenece a un todo. Nada. Me he vuelto en un nada que respira y se alimenta en las noches. Soy ese nada del que todos esperan más que nada. Y yo, tal vez, amanezca empachada por estar llorando frente a mi sándwich noctámbulo.”

Cuento: Primer lugar

Por: Elizabeth Santiago Reyes

El hambre nocturna, siempre duele. Esta noche no es la excepción. Sentir el piso frío de la loseta de la cocina, multiplicar el esfuerzo por evitar hacer ruido y preparar algo sencillo con lo poco que hay en la alacena o en el refrigerador. Es una batalla monumental, de esas narradas por gente de gran estima, de las épicas cantadas para valientes gladiadores. Pero esta noche, soy yo.

Soy yo, enfrentándome al pan… Integral. Bueno, la resignación debe ser primordial si no quiero que el frío siga doliendo en mis pies. Después de un breve inventario –de ver tres veces las repisas con esperanzas de que exista algo más– la lista de platillos se reduce a un sándwich. Enumero los ingredientes de forma mental y me decido a tomar con calma lo necesario: Dos rebanadas de pan. El día fue muy largo. Una de jamón. Creo que no les respondí a mis amigos. Una cucharadita de mayonesa. Siento ganas de vomitar. Una de salsa. No he leído en un par de días. Un jitomate. Nada me motiva últimamente. Un poco de lechuga. Estoy mal.

En mi mente resuena esa voz femenina que reclama por mi mala dieta:

–Siempre te digo que comes muy poco. Desayunas y comes, no haces más.

Nunca hay una respuesta, no es necesaria. Sé que si la digo en voz alta se escucha mal, mis palabras parecen no encajar en oídos ajenos porque el sentimiento de quien escucha es dolorosamente lejano de la voz cansada, sincera, tal vez al borde de un colapso… Hoy, con valentía le respondo a esa voz de mi cabeza:

–Me da asco comer tanto. Odio los horarios y detesto las pinches meriendas. ¿Qué es eso de nueces o lechuga? ¿A quién chingados se le antoja comer lechuga a las 12 del día?

Sonrío con satisfacción al ver el pan embarrado de mayonesa y salsa, los revuelvo con calma con mi dedo índice para no ensuciar más cubiertos. Decido rebanar el jitomate, volteo a un lado y ahí está: La tabla de cortar. Está a un brazo de distancia, dicen que es un metro de hombro a la punta del dedo medio. Un metro es nada. Es lo más pequeño en un mundo que, según Julio Verne, se puede recorrer en 80 días.

En este momento, la decisión de un metro… Me duele, me duele el dolor de sentirme cansada para cometer un acto de valor, me duele cuando decido que mi mano será la tabla de cortar y veo sin mucha emoción el camino que hace el jugo entre mis dedos y se entierra en los caminos diseñados desde mi nacimiento.

Desgarro las hojas completas de lechuga y levemente –para no sentirme peor– las pongo bajo el chorro de agua cuidadosamente arreglado para evitar el sonido contra la tarja de metal, sacudo esas gotas de agua y, para coronar, pongo ese pedazo de jamón y… ¡Ah! Queso, falta queso. Sin embargo, estoy tan lejos del refrigerador.

De nuevo esa punzada, ese pequeño piquete que deja un lápiz bien afilado me hace sentir pesados, exactamente, seis pasos. Admitiendo verdades: No son nada, realmente no son nada. Si uno piensa en el paso que sigue del primero en este azulejo sucio y desgastado… Son kilómetros de caminata, son el primer paso en un maratón donde uno cae a media pista, el primer paso a un acantilado sin seguro, el primer deseo que no se cumple del día…

–Basta –susurro al aire– de todas formas, soy intolerante a la lactosa.

Lavo con descuido el cuchillo que ocupé y limpio las migas, manchas y unas cuantas porquerías que están en el lugar donde preparé mi sándwich. Decido quedarme donde estoy para comer, ya he calentado el cuadro de azulejo en el cual estoy parada. No lo voy a desperdiciar.

El primer bocado, duele. Siempre duele. Es una sensación que nace en mis dientes, el esfuerzo de vivir y satisfacer esa necesidad. Así se siente despertar. Despertar es un martirio, mi alarma suena, mi piso lleno de cables, tenis mal acomodados y basura evitan menos dolor en las mañanas. Es mi culpa, lo acepto. Pero ¡no sé qué hacer! Hace meses me duele algo. En ocasiones creo que es el brazo, el cual me rompí cuando era pequeña.

–No es eso –lo digo con valentía cuando termino mi primer bocado– cargo peso a diario, nunca me duele.

Fotos © Pexels

Entonces me reviso las cicatrices del cuerpo, ninguna duele. Sí, estoy evitando decir que mi dolor tiene tiempo viviendo entre los huecos que dejó el acné, oculto entre mi miedo y la decepción del ajeno.

La depresión es un tema extraño, muerdo ligeramente mi sándwich, es un tema que parece muy lejano. Cada vez que me deprimo, me cuesta identificarlo. Porque me lleno de planes, ayudo a los demás, cumplo tareas, metas y objetivos. Al final, cuando estoy en estos momentos se me van las lágrimas. Sí, estoy llorando frente al pan integral mal acomodado.

Así es llenarse de ideas del día que no llevan a nada, siempre incompletas, siempre dolorosas, porque me da un sentimiento de soledad y tengo el celular a la mano… Sé que puedo marcarle a mi novio, a mis mejores amigos, sé que puedo cruzar el umbral de la cocina y buscar consuelo entre las personas de esta casa.

No hago nada. De nuevo, no hago nada. Simplemente me animo a seguir comiendo. Porque ese es el pensamiento de quién vive con este hoyo en el pecho. No sabe cuándo parar, no sabe cuándo pedir ayuda, no sabe qué tan mal está.

Llevo la mitad de mi cena, en este punto, se derrama sin gracia el jugo del jitomate con la salsa y mayonesa, no puedo evitar soltar un suspiro, porque en esa mezcla van unas cuantas de cocodrilo. Siento que, si hubiera sentido en todo esto, esto de ser joven, esto de cometer errores, esto de pensar en hacer revolución, esto de mirar y no arrepentirse…

–Pinche cucaracha –suelto sin pensar cuando veo pasar el bicho, no hago nada por detenerla en su camino.

No hago nada. Hace un tiempo siento que no hago nada. Nada por salir, un nada que ni siquiera pertenece a un todo. Nada. Me he vuelto en un nada que respira y se alimenta en las noches. Soy ese nada del que todos esperan más que nada. Y yo, tal vez, amanezca empachada por estar llorando frente a mi sándwich noctámbulo.

Dejo caer mi peso en mis codos que hace rato se rindieron y están en el borde metálico de la tarja, quiero decir que me levanté y todo parece mejor… No es así.

Tal vez, estoy gritando mucho que otros no saben cómo detenerse a ver, tal vez no estoy gritando, tal vez nadie sabe que, hace mucho, me he acabado mi comida y sólo estoy dejando caer mis lágrimas en donde a diario se lavan los platos de la casa.

–A la chingada –doy un trapazo– pura pendejada piensa uno cuando come solo.

Por hoy, la cocina se quedará sucia, el pan desarreglado, la luz apagada y un poco de mi alma más destrozada.

A pesar de eso, hoy, con dignidad, le aseguro a cualquiera mi valor al admitir: me hizo llorar un sándwich.

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