Entrevista

Estudiante de la maestría en Periodismo y gestión cultural

En el ecosistema de la producción audiovisual contemporánea, donde la superficialidad de la inmediatez suele desplazar a la solidez argumentativa, Rodrigo Santos emerge como una figura atípica. Un showrunner, algo así como un narrador omnisciente; es decir, el personaje que lo ve y lo sabe todo en una historia. 

Director, escritor y productor, Rodrigo Santos tiene la enorme encomienda de liderar el llamado “cuarto de escritores”, un espacio colaborativo de guionistas que, bajo su visión, imaginan y desarrollan tramas, personajes y diálogos, desde la idea inicial hasta la postproducción, asegurando el tono y la coherencia narrativa que distingue a cada proyecto. 

Su intuición, sin embargo, no nació del azar, sino de una formación sólida y universal. Como licenciado en Comunicación, Santos decidió pulir su mirada en la prestigiosa Academia de Cine y Televisión de Praga (FAMU), especializándose en dirección de cine. Fue en ese escenario donde su talento empezó a despuntar, primero con el premio FAMU FEST en 2008. Este bagaje técnico y estético le permitió regresar a México para insertarse en el corazón de la industria cinematográfica, iniciando su carrera como asistente de dirección y director de publicidad. De esta manera, se forjó el camino en un oficio que pronto lo llevaría a participar en grandes producciones nacionales.

La trayectoria de Rodrigo no es una línea recta, sino un mapa expansivo. Sus cimientos en las producciones de gran envergadura se consolidaron trabajando en las “segundas unidades” –filmaciones especializadas que operan en paralelo al equipo principal para capturar secuencias de acción o atmósfera– de cintas icónicas como El infierno (2009) y La dictadura perfecta (2014). Con Luis Estrada, Santos aprendió a diseccionar la idiosincrasia mexicana y sus mecanismos de poder, una lección que aplicaría años después al saltar a la televisión como showrunner en la era del contenido digital en streaming.

Desde entonces, su nombre ha sido clave en proyectos que han contribuido a redefinir el estándar televisivo en México. Ha caminado por los pasillos sombríos del poder en Un extraño enemigo II, colaborando con Gabriel Ripstein, y ha revisitado traumas nacionales en Historia de un crimen: Colosio. Pero también ha sabido capturar la esencia vibrante de la Ciudad de México con Belascoarán o la rebeldía urbana en Diablo guardián. En 2023, continuó expendiendo su mirada profesional al colaborar nuevamente con Luis Estrada en la adaptación de Las muertas de Jorge Ibargüengoitia y, recientemente, tomó las riendas de la nostalgia colectiva al dirigir cuatro episodios de Sin querer queriendo, la esperada bioserie de Chespirito.

Foto Cortesía Perro Azul

Al conversar con Rodrigo sobre la responsabilidad de tocar temas tan sensibles como el magnicidio de Colosio o el montaje del caso Cassez-Vallarta –donde fungió como productor ejecutivo del documental–, surge la pregunta:  ¿Dónde trazas la línea entre la libertad creativa del drama y la responsabilidad ética con la verdad histórica?

Santos es categórico al respecto: 

–El caso de Cassez-Vallarta era un proyecto documental y no de ficción. Ahí era vital acercarse a un trabajo periodístico: contrastar versiones y recopilar testimonios. La ficción –comenta– no tenía cabida, aunque el escritor Jorge Volpi, en su “novela criminal”, hace el ejercicio de rellenar con imaginación los huecos. Ese ejercicio es el que sirve para las series “basadas en hechos reales”.

Y, Rodrigo, abunda en su respuesta:

–Muchas veces, el evento es sólo el propulsor y tú tienes que imaginar lo que ocurrió alrededor. Hay huecos que requieren un ejercicio de imaginación para generar ficción. Uno ve los puntos A y B, pero ¿qué pasó en medio? Esa interrogante arroja respuestas que deben ser, ante todo, verosímiles. La línea ética se traza sola a través de la búsqueda de lo plausible, aunque respetas el ejercicio de la ficción, no estás en la carne de los personajes reales, sino en versiones ficticias que habitan ese espacio.

Tras escucharlo, no puedo dejar de pensar en la constante disyuntiva entre “verdad versus trama” que serpentea en sus proyectos. Santos admite sentirse más a gusto cuando encuentra algo convincente y, además, dramático.

Su método en el cuarto de escritores es casi obsesivo con los procesos. Y revela:

–Siempre pregunto en el cuarto de escritores: ¿Cómo pasan las cosas? No sólo qué pasa, sino el proceso: ¿A quién llamó este personaje? ¿A quién le torció la mano? ¿A quién sedujo? Ahí hay mucha libertad creativa.

Sin embargo, el formato televisivo exige sacrificios. Al preguntarle qué es lo más difícil de excluir de la realidad para contar la historia, contesta sin dudar:

–El contexto. A veces quieres profundizar en por qué la gente reacciona de cierta manera en una época o en otra, pero no puedes porque andarías por las ramas o resultaría en un capricho. A veces es suficiente con mostrarlo sin ahondar porque tampoco es tan necesario para que una serie funcione.

Uno de los sellos de Santos es su capacidad para humanizar a sus personajes sean quien sean, aunque parecieran herméticos como los políticos. Al preguntarle cómo logra que estos protagonistas de la vida real te dejen entrar a su mente, explica:

–Con los perfiles altos siempre hay rumores y un imaginario colectivo que te ayuda a dibujarlos como villanos, héroes o mártires. A veces hablas con ellos y te ganas su confianza, pero siendo honesto no estás haciendo una biografía, estás haciendo una serie de ficción y entretenimiento.

–Llega un punto donde la investigación incluso puede estorbar. A mí me gusta –confiesa– cuando los datos reales y la invención se confunden en mi cabeza; cuando ya no sé si un rasgo me lo dijeron los personajes reales o lo inventamos nosotros. En ese momento el personaje ya habita un espacio sano, se comporta como un personaje de ficción al que conoces mejor y sobre el que puedes escribir con fluidez.

A pesar de haber saltado entre el suspenso político y la comedia, Santos se resiste a definir un “sello personal” rígido. Aunque la política es su interés primordial, se define como un explorador de géneros. Entiende que su papel como showrunner es un ejercicio de equilibrio: marcar el “qué” y el “cómo” –los objetivos de la escena–, pero también saber cuándo dar un paso atrás para dejar que directores con identidades potentes aporten su visión. “Entender qué lugar ocupas en el circo es fundamental”, afirma.

Foto © Netflix

Para Rodrigo Santos, el cine y las series son vehículos de memoria. Aunque no busca hacer ejercicios educativos, sí cree que estas historias proporcionan un bagaje necesario para que las nuevas generaciones entiendan el presente. Al final del día, lo que lo mantiene apasionado es el proceso completo, desde la idea embrionaria hasta el último detalle de la posproducción. Su sueño para la próxima década es simple: seguir colaborando con gente que admira, jalando hilos de la historia que aún no han sido contados y dándole forma a lo que todavía permanece en las sombras de la realidad nacional.