Opinión
Por Evelyn Colin
Una noticia que sacudió a la National Football League a finales de febrero no fue la típica predicción de la próxima temporada ni un análisis de agencia libre, fue una tragedia que recuerda que detrás de cada juego hay vidas reales. El receptor abierto de los Minnesota Vikings, Rondale Moore, de 25 años, falleció el día 21, dejando a la comunidad de la NFL en conmoción.
Moore, quien inició su carrera desde sus días en la universidad de Purdue hasta su paso por la NFL con los Arizona Cardinals y posteriormente con los Minnesota Vikings, fue encontrado sin vida en un garaje de su ciudad natal, New Albany, Indiana. Las autoridades locales refirieron que se trató de una herida de bala presuntamente autoinfligida.
Esta noticia lejos de ser sólo un titular representa un golpe emocional hacia los fanáticos, compañeros y entrenadores. Moore no fue un jugador cualquiera desde el inicio de su carrera demostró su extraordinaria combinación de velocidad, agilidad y el corazón competitivo que lo distinguía de todos los demás jugadores en Purdue, en donde fue reconocido como uno de los mejores receptores universitarios de su escuela.
Seleccionado en la segunda ronda del NFL Draft de 2021 con los Cardinals, Moore mostró su talento con números sólidos y jugadas destacadas en Arizona. Sin embargo, su vida deportiva y personal se vio muy afectada por constantes lesiones que lo mantuvieron fuera de los emparrillados durante un largo tiempo; una dislocación de rodilla en 2024 contra los Houston Texans tras un regreso de patada y otra lesión grave en 2025 que lo apartaron de la actividad competitiva, justo en los momentos más determinantes de su carrera.
Es difícil separar lo deportivo de lo humano en una situación como esta. Moore cuya carrera se veía destinada a grandes logros, se enfrentó a frustraciones que muy pocos aficionados pueden comprender desde afuera; sin embargo, sólo juzgan el rendimiento de un jugador en los enfrentamientos. Rehabilitaciones interminables, la presión de volver a dar su máximo nivel y el peso de expectativas propias. Este tipo de experiencias que no son ajenas en el futbol americano, abren una discusión más profunda sobre la salud mental de los atletas y el apoyo que se brinda mientras luchan contra adversidades tanto dentro como fuera del campo.
Teniendo de ejemplo a jugadores como Dak Prescott, el cual ha hablado abiertamente sobre su constante lucha contra la depresión y ansiedad; A.J. Brown ha sido vocal sobre su lucha contra los pensamientos suicidas y depresión a inicios de su carrera; Keith O’Neil, diagnosticado con trastorno bipolar condición que padecía mientras jugaba en la NFL; Darren Waller ha hablado sobre su lucha contra la adicción y depresión; y así como estos jugadores hay muchos más.
Las reacciones al deceso de Moore han sido un reflejo de impacto que tuvo entre los que lo conocieron, desde compañeros como A.J. Brown, quien compartió un mensaje destacando la importancia de la salud mental en el deporte profesional, esto demostrando que los jugadores son personas que también enfrentan desafíos emocionales.
La organización de los Minnesota Vikings, equipo del que Moore era parte en 2025, emitió un comunicado expresando su profundo dolor y ofreciendo apoyo tanto a la familia como a jugadores, entrenadores y personal que puedan estar afectados.
Esta noticia también generó una polémica mediática en la que algunos medios cometieron errores al reportar el fallecimiento de Moore, como usar fotografías equivocadas durante el segmento de su homenaje, generando críticas sobre la manera en que los medios abordan estas coberturas sensibles.

Mas allá de los resultados de partidos o predicciones de temporada, la historia de Rondale Moore es una advertencia de que el éxito no siempre está ligado a la felicidad y que la presión de un entorno competitivo puede tener consecuencias humanas profundas, recordar que en cada uniforme hay una persona con sueños, miedos y vulnerabilidad.
Hoy, mientras la NFL lamenta una perdida, también abre una puerta para reflexionar, no sólo sobre lo que significa competir, sino sobre lo que significa estar vivo más allá del deporte.