Presentación del libro: Cállense. Los nuevos rostros de la censura
Por Francisco Domínguez
Estudiante de la maestría en Periodismo y gestión cultural
La cita fue el pasado 15 de diciembre a las 7:00 pm. en la librería U-Tópicas. El motivo: la presentación del libro Cállense. Los nuevos rostros de la censura (editado por Grano de Sal y ARTICLE 19). Una antología a cargo de Humberto Musacchio que reúne una amplia selección de artículos de opinión en defensa de la libertad de expresión.
Puntual, como siempre, en el pequeño jardín que antecede a la entrada principal de la librería, se encontraba el cronista de la cultura, el maestro Musacchio, en una plática amena con Guillermina Ochoa, otrora funcionaria de comunicación social del extinto Conaculta, allá por los años noventa. Saludé a Musacchio con entusiasmo, pues volvía a verlo tras varios meses de haber concluido sus clases de periodismo cultural en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, donde curso actualmente la maestría. A Guillermina era la segunda vez que me la encontraba en menos de una semana; algo extrañísimo, considerando que le había perdido la pista hacía más de 25 años.
Así es el periodismo cultural, pensaba: colegas y amigos van y vienen. Lo confirmé en la pasada fiesta de la “fuente cultural” que se organiza cada fin de año en el Museo de Arte Popular. En aquella ocasión, charlé con amigos en un encuentro donde el tema de la noche era la precariedad de las secciones culturales en diarios y revistas nacionales. En el mejor de los casos, para evitar su desaparición, esta sección –históricamente relegada al final de los periódicos– se ha mimetizado con las fuentes de sociales y espectáculos. La periodista Judith Amador Tello, especialista en política cultural y patrimonio, fue reconocida esa noche por su labor de casi 30 años. Sus palabras de agradecimiento denotaban nostalgia y contradicción. Fue un discurso sucinto que remató con una frase contundente: “En esta época, el periodismo cultural se encuentra de capa caída; por eso debemos cerrar filas ante los recortes presupuestales y la censura.”
Censura. La palabra se me había quedado adherida al pensamiento, punzando con la insistencia de una migraña rítmica mientras recorría la calle Felipe Carrillo Puerto, en el corazón de Coyoacán. Minutos antes de las 7:00 p.m., mientras asomaba la noche, de algunos locales se desprendía un suave aroma a café que arrullaba a los transeúntes. Tras los saludos de rigor, me apresuré a entrar en la librería que –debo confesar– visitaba por primera vez. Había leído que U-Tópicas también fungía como galería y tienda de artesanías enfocada en el arte hecho por mujeres. En tan sólo cinco años ya se ha convertido en un referente de la zona.
Fue una grata sorpresa ver que, por encima de los lomos de libros de escritoras feministas, cineastas, poetas y ensayistas, se encontraban –a manera de dintel sobre los estantes– los retratos de Tina Modotti, Nina Simone, Björk, Sor Juana Inés de la Cruz, Celia Cruz, Leonora Carrington, la Comandanta Ramona y Graciela Iturbide. Sus miradas parecían vigilar los textiles, blusas y bordados hechos por artesanas de Puebla, Oaxaca, Chiapas e Hidalgo.
La presentación estaba por iniciar, así que subí al espacio del evento; para mi gusto, un sitio demasiado pequeño y algo claustrofóbico. Musacchio ya estaba en el presídium, flanqueado por la periodista Gabriela Warkentin, titular del programa de radio Así las Cosas, y María de Vecchi, moderadora e integrante de ARTICLE 19. Minutos después, el panel se completó con la llegada del cronista de la ciudad de México Héctor de Mauleón, columnista de El Universal, cuya presencia cerraba el círculo de un debate que, no dudaba, le resultaría, por decir lo menos, familiar.
La mesa contaba con voces curtidas en el análisis de la libertad de expresión. Cada uno de estos periodistas ha sufrido los embates de un gobierno que se dice democrático en el discurso mañanero, pero que ha utilizado su poder para acallar voces críticas con artilugios legales que rayan en lo ridículo. Voces que han enfrentado mecanismos como aquella sección “Quién es quién de las mentiras”, instaurada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador no sólo para vulnerar el honor de los periodistas, sino para articular un ambiente hostil que inhibiera sistemáticamente la crítica.
Precisamente, estas prácticas ignominiosas han mutado en “nuevos rostros” que se manifiestan a través de instituciones federales o se camuflan en redes sociales mediante el uso retorcido de conceptos como la “violencia política en razón de género”. Son herramientas legales instrumentalizadas para censurar a quienes incomodan al poder. En su primera intervención, Musacchio denunció el cinismo de estos nuevos censores y la actitud anacrónica de gobernantes que se comportan como “monarcas” a los que se les debe rendir pleitesía.
Mientras el autor de la emblemática columna “La República de las Letras” lanzaba diatribas contra los modales autocráticos de quienes detentan el poder, la audiencia crecía. Fue grato ver a numerosos colegas que cubrían el evento o que estaban allí como un acto de resiliencia. María de Vecchi cedió el micrófono a la maestra Warkentin, también una de las antologadas en el libro. Para ella, lo verdaderamente preocupante es la “judicialización de la libertad de expresión”. Cómo se impone la censura desde los gobiernos locales. Cómo estos pequeños caciquismos minan a los periodistas regionales de los que, muchas veces, ni siquiera nos enteramos por no llegar a ser casos mediáticos. El ataque a la libertad de expresión –sentenciaba Warkenti– debe dejar de ser una “herida profesional” para convertirse en una “herida social”; una causa que interpele a la ciudadanía para que el reclamo no termine diluido en el anecdotario gremial.
El ambiente llegaba a su clímax. Los asistentes no se movían. Nos mirábamos con la preocupación de quien reconoce un tema que le atañe, pero que muchas veces es preferible ignorar. Antes de continuar, De Vecchi puso el dedo en la llaga: ARTICLE 19 ha registrado 51 casos judiciales contra periodistas en los últimos siete meses y ha documentado el asesinato de 179 periodistas desde el año 2000. Cifras que retumbaron como un tinnitus generalizado y que avivaron el comentario de Héctor de Mauleón, quizás el periodista más citado en los más de 40 artículos que integran la antología.

No hubo desperdicio en su intervención. Como protagonista de episodios de acoso judicial, De Mauleón ofreció una reflexión clara y devastadora: el 2025 encarna una crisis democrática definida por la transformación del aparato de justicia en una maquinaria de censura institucional. Lo que en 2018 nació como descalificación retórica, ha mutado en una estrategia de persecución legal para asfixiar el disenso. Como muestra, recordó los casos de Karla Estrella, obligada a disculparse desde su propia cuenta de X al cuestionar la candidatura de Diana Karina Barreras, esposa del diputado Sergio Gutiérrez Luna; Laisha Wilkins, notificada legalmente para explicar “el significado de su risa” ante una publicación de Dora Alicia Martínez Valero, entonces candidata a ministra de la Suprema Corte, y la sentencia a un mes de disculpas públicas y cursos de “sensibilización” al autor del mote “Dora la censuradora”.
Al salir de U-Tópicas, el aire frío de Coyoacán parecía haber perdido ese aroma a café. Las palabras de Warkentin sobre la “herida social” gravitaban en mi mente mientras esquivaba a turistas ajenos al México que las cifras de ARTICLE 19 acababa de desnudar. La censura, comprendí, no es un problema exclusivo de quienes escriben; es una mutilación del derecho de todos a saber. Cuando un periodista en una región apartada es silenciado por un “caciquismo judicial”, no sólo pierde su tranquilidad: la sociedad pierde un fragmento de su realidad.
La presentación de Cállense fue un diagnóstico de urgencia. Mientras caminaba hacia el metro Miguel Ángel de Quevedo, pensaba en esa herida social como una cicatriz que queda cuando permitimos que el poder decida qué es verdad. Ya de regreso, recordé los rostros de Tina Modotti y Sor Juana en la librería. Eran un recordatorio de que resistir es estar presente. Dejamos el lugar con el peso de la inquietud, pero convencidos de que, mientras existan espacios para disentir, la herida aún puede cicatrizar mediante la empatía y la palabra.