Crónica

Auschwitz-Birkenau, ubicado cerca de Cracovia, fue uno de los mayores campos de concentración y exterminio que existieron durante la Segunda Guerra Mundial, donde alrededor de un millón de personas perdieron la vida.

Ese día, el sol decidió ocultarse y el frío traspasaba cualquier prenda térmica que uno llevase encima, casi como un presagio, como un mensaje de la crueldad que veríamos en poco tiempo.

Fue hora y media de camino desde la ciudad polaca hasta los campos de concentración; un trayecto que, sin saberlo, preparaba emocionalmente para lo que vendría. Al llegar, Agatha Miodowska, nuestra guía, nos estaba esperando.

Foto © Andrea García Ruiz

Dos filtros y una verdad que incomoda

Al ingresar, debes pasar dos filtros de seguridad. Si eres turista, el uso del pasaporte es esencial para tu entrada al museo. El primer filtro es para el registro de tus pertenencias; el segundo, con boleto en mano, te obliga a mostrar nuevamente el pasaporte.

La pregunta surge de inmediato: ¿cuál es el motivo? Agatha lo explicó en una sencilla frase: “Hay personas que no pueden ingresar a Auschwitz.” Y entonces surge otra pregunta: ¿Quiénes son esas personas? “Aquellas que niegan el holocausto.”

Foto © Andrea García Ruiz

El pasillo donde los nombres no mueren

Debes atravesar un gran pasillo donde los altavoces repiten los nombres de las víctimas que permanecieron en ese campo. Hay que guardar silencio, es la indicación desde el inicio. 

No es una sugerencia, es una forma de respeto. Alrededor de 500 metros separan la entrada a Auschwitz I, y lo primero que observas es el letrero de “el trabajo te hará libre”, una frase que encierra una de las mayores ironías de la historia.

Foto © Andrea García Ruiz

Cuando la historia cambió de rumbo

De acuerdo con Miodowska, en 1941 fueron deportadas 15 mil personas a este campo de concentración. 

En ese momento, los rusos y los alemanes estaban aliados; fue también en ese año cuando comenzaron a arrestar a presos políticos. Este sitio fue construido inicialmente para los polacos, pero en 1942 se llevó a cabo la Conferencia de Wannsee, donde se tomó la decisión de exterminar a los judíos.

A partir de ese momento, Auschwitz dejó de ser únicamente un campo de concentración para convertirse también en un campo de exterminio.

Foto © Andrea García Ruiz

Barracones: estructuras sin humanidad

Mientras caminas por el lugar, puedes notar la crudeza de su construcción. Los barracones, de color rojo, destacan por la austeridad que tenían en aquel sitio. 

Al ingresar al barracón donde se exhiben las piezas de los deportados, comprendes el terror que ahí se vivió. Los nazis engañaban a los judíos diciéndoles que trabajarían; no sospechaban que esos campos tenían una segunda función. 

Eran seleccionados y transportados en vagones de animales en condiciones inhumanas, donde no podían sentarse.

Foto © Andrea García Ruiz

Objetos que sobrevivieron al horror

Ellos seleccionaban los bienes de los judíos y enviaban el oro al banco de Alemania. No lograron enviar todo; el tiempo era apremiante y no consiguieron deshacerse completamente de las evidencias. 

Al inicio, destruían pruebas y quemaban los bienes en barracones. Sin embargo, hasta la actualidad, en el museo se pueden observar piezas que sobrevivieron a la barbarie humana. 

Miles de lentes pertenecientes a los presos, objetos personales como peines o zapatos llaman la atención y, sobre todo, un estante con ropa de bebé muestra la fría realidad de lo que tuvieron que soportar.

Foto © Andrea García Ruiz
Foto © Andrea García Ruiz
Foto © Andrea García Ruiz
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De nombres a números

Entre 1940 y 1945 deportaron alrededor de un millón 300 mil prisioneros. Muchos fueron fotografiados y sus imágenes hoy se presentan en los muros del museo. 

Nombres, fechas y miradas de dolor capturan ese pasillo que retrata esta parte de la historia. Poco después, comenzaron a tatuarlos, debido a que era muy costoso seguir tomando fotografías. Les asignaban un número, una pijama y les arrebataban su identidad.

Foto © Andrea García Ruiz

La rutina del sufrimiento

Las personas que ingresaban a Auschwitz-Birkenau despertaban cada día a las cuatro de la mañana. Los nazis no vivían ahí, sino fuera del campo. Su comida consistía en un poco de café y debían correr a la plaza de recuento. 

Los Kapos, hombres considerados criminales en Alemania, tenían la tarea de torturarlos, mientras que los nazis sólo daban órdenes. No querían “ensuciarse las manos”. Agatha aclaró que los nazis se postulaban para trabajar en estos campos; no eran seleccionados.

Foto © Andrea García Ruiz

Trabajar hasta morir

La vida ahí transcurría con dolor. Los presos trabajaban fuera del campo y algunos dentro de él lograban robar un poco de medicamento. 

Antes de la guerra, en esa zona de Polonia había minas, y durante el conflicto, los más fuertes eran enviados a trabajar en ellas hasta su muerte.

Foto © Andrea García Ruiz

Víctimas sin fronteras

En estos campos también estuvieron cuatro mexicanos, quienes eran presos políticos arrestados por la Gestapo y enviados a trabajos forzados. De España, hubo un prisionero: Joaquín Corteillo. Auschwitz no distinguía nacionalidades.

Foto © Andrea García Ruiz

El andador donde se esperaba la muerte

Antes de concluir la guerra, existía un andador llamado “México”. Ahí enviaban a judíos provenientes de Hungría. 

No trabajaban ni recibían comida o agua; simplemente esperaban su muerte en la cámara de gas.

Foto © Andrea García Ruiz

Morir en minutos

En Auschwitz sólo sobrevive una cámara de gas y su crematorio; la mayoría fueron destruidos por los nazis, lo cual puede observarse en Birkenau, donde permanecen las ruinas de una historia de dolor. 

De acuerdo con Agatha, dos mil personas podían morir en menos de dos minutos. Deportaban a los niños y los seleccionaban: los más fuertes sobrevivían, pero la mayoría moría.

Cuando ingresas a la cámara de gas, puedes observar que en su interior permanecen marcas de uñas, señales de la desesperación en los últimos momentos. Sólo un par de agujeros permiten el paso de la luz; por ahí ingresaba el gas ciclón B.

Durante la visita guiada, había un grupo de niños judíos recorriendo el lugar. Sus expresiones reflejaban la tensión del momento y la profunda paradoja de la vida.

Al salir de la cámara de gas, se encuentran los crematorios. Hay un par de ventanas que dan al campo y a la torre de control, desde donde los alemanes vigilaban a los prisioneros.

Como prueba del terror, queda una urna con los restos de las víctimas del holocausto. No hay una forma de identificar a quienes pertenecieron. Sólo la evidencia de lo que ocurrió.

Foto © Andrea García Ruiz

La muerte también era castigo

Pero esa no era la única forma de morir. En 1943, doce prisioneros fueron enviados a la horca por motivos mínimos. La violencia no necesitaba justificación.

Birkenau: las vías que no tenían regreso

En Birkenau, la segunda parte del recorrido, se encuentran las vías de tren por donde llegaban las personas que creían que trabajarían. 

En lo que queda de estas vías, los turistas dejan flores, piedras y pulseras de diversas nacionalidades como gesto simbólico, demostrando que la memoria y la unidad permanecen.

Al caminar por el interior del campo, se observan los escombros de lo que fue una de las cámaras de gas. Un anuncio advierte que está prohibido caminar sobre las ruinas. 

Agatha explicó que, cuando el fin de la guerra se acercaba, los nazis destruyeron la mayoría de las estructuras y documentos, aunque no lograron borrar lo ocurrido.

Foto © Andrea García Ruiz

Escapar: una posibilidad casi imposible

Entre 1940 y 1945 hubo 802 intentos de escape; 144 resultaron exitosos. Muchos lograban huir cuando trabajaban en las minas. 

Sin embargo, por ello era tan importante el pase de lista en la plaza. Si faltaba uno, morían más personas. Incluso los muertos debían ser cargados por sus compañeros para evitar castigos.

El final… y la justicia incompleta

El 27 de enero de 1945, Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo Soviético. Poco después, se dio a conocer que sólo 15% de los alemanes fueron juzgados. 

Uno de ellos fue Rudolf Höss, primer comandante del campo, condenado por crímenes contra la humanidad y ejecutado en la horca dentro de Auschwitz, cerca del crematorio. Su muerte ocurrió el 16 de abril de 1947.

Foto © Andrea García Ruiz

El eco que no se apaga

Auschwitz-Birkenau no es sólo un lugar; es un recordatorio. Cada espacio conserva una historia, cada objeto una memoria. 

Las personas que transitan en ese sitio guardan silencio y respeto por lo que ocurrió hace 81 años. Como un recordatorio constante de lo que es capaz de realizar el ser humano. 

Caminar por ahí no es una experiencia cualquiera: es enfrentarse a lo peor de la humanidad y, al mismo tiempo, a la necesidad de no olvidar. Porque hay historias que no pueden repetirse, y silencios que, aunque parezcan eternos, siguen gritando.