Opinión
Por Mariana Díaz Motte
No hay reforma más poderosa y peligrosa, que aquella que moldea el pensamiento de los niños. En México, la educación pública vuelve a causar polémica y debate. Tras la salida de Marx Arriaga, exdirector general de materiales educativos de la Secretaría de Educación Pública, se generó tensión sobre la forma en la que se define el relato con el que crecerán millones de niños mexicanos.
Hay diversas opiniones respecto del contenido de los libros nuevos. Ciertos sectores señalan que es una transformación necesaria que rompe con esquemas tradicionales y promueve la inclusión y el pensamiento crítico. En cambio, otros comentan que los libros de texto tienen una fuerte carga ideológica y se muestran en favor de ciertos sectores políticos, algo que debería de ser inaceptable, pues la educación pública no debería inclinarse hacia ninguna postura política específica. La controversia no es algo ligero, pues está en juego el conocimiento, desarrollo e historia de los mexicanos.
Tras cada sexenio la forma de enseñar y educar cambia de acuerdo con la postura política bajo la cual se ve gobernada el país. Estas reformas educativas prometen modernización, justicia social y excelencia académica. Sin embargo, este cambio constante de contenidos genera incertidumbre y descontento en los padres de familia, profesores y estudiantes. Algo que debería ser lineal, justo y equilibrado, se vuelve un juego político el cual se moldea a voluntad del poder.
No existe una idea sólida y absoluta sobre el tipo de valores y pensamientos que se quiere para la vida de un mexicano, pero sí nos podemos cuestionar qué tipo de ciudadano le conviene tener al poder. El tipo ideal de ciudadano para el poder es aquel que es ignorante, no sabe de su historia y no tiene una base sólida de educación y cambia constantemente de información, pues así nunca se solidifica algo y solo queda “en el aire”.
La educación pública no debería ser una forma de adiestramiento, pues el pensamiento crítico debería enseñarse, más no obligarse.
Así como la sociedad evoluciona, la educación también y es un hecho que los materiales de aprendizaje, en este caso los libros de la SEP, se debe acoplar a la actualidad, pero bajo principios de moralidad y límites éticos.
Además, los libros de texto no son la única herramienta de educación. Sí es importante tomarlos en cuenta, pero eso podría ser de las últimas reformas o modificaciones en las que se debe pensar, pues en las escuelas las instalaciones, los profesores y la realidad socioeconómica de los estudiantes impacta más que lo demás.
Sin buenos salones, buenos espacios recreativos, docentes capacitados y acceso a servicios básicos, no se puede esperar mucho del rendimiento del estudiante.

No sirve de nada tener libros perfectos si los estudiantes no reciben un buen desayuno, no tienen luces en los salones, o llevan semanas sin profesor en el aula.
La educación pública debe aspirar a formar ciudadanos libres, informados y capaces de pensar por sí mismos. Eso implica ofrecer distintas perspectivas, fomentar el análisis crítico y evitar visiones únicas o dogmáticas, vengan de donde vengan. La escuela no debe ser un espacio de adoctrinamiento, pero tampoco puede ser un lugar neutral que ignore los desafíos sociales que enfrenta el país.
La nueva suplente de Arriaga ya ha sido anunciada como una mujer que está preparada. De orígenes indígenas y pedagoga, Nadia López. Ahora sólo queda en juego saber si será lo mismo de siempre, o si por una única vez, los mexicanos seremos tratados con honestidad y justicia.