Por Jonnathan Emilio Velasco Fragoso
Hay un cansancio que no se ve. No está en el cuerpo, sino en la forma en la que alguien se mira al espejo y no se reconoce. Es el agotamiento de fingir, de corregirse, de editarse para no incomodar. De aprender que mostrarse tal cual uno es, puede tener un costo.
Vivimos rodeados de vitrinas humanas. Especialmente los jóvenes crecen comparándose con versiones pulidas de otros: cuerpos, logros, vidas que parecen no fallar nunca. Poco a poco, muchos aprenden que es más seguro esconderse que existir con honestidad.
En ese proceso ocurre algo doloroso: se deja de preguntar quién se es y se empieza a pensar quién debería ser. Y cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, vivir empieza a doler. No por la vida en sí, sino por la traición interna de no permitirse ser.
Desde la psicología se ha señalado que la autoexigencia extrema y la comparación constante están ligadas a la ansiedad, la depresión y la sensación de vacío, sobre todo en jóvenes. No es debilidad: es agotamiento emocional. La mente, cuando se educa en la idea de “nunca es suficiente”, se vuelve un lugar hostil.
El cine ha sabido retratar esta herida. Cisne negro, dirigida por Darren Aronofsky, muestra cómo la obsesión por la perfección puede llevar a la autodestrucción. El club de los poetas muertos critica los modelos rígidos de éxito que asfixian la identidad. Y Inside Out,asesorada por sicólogos, recuerda algo esencial: la tristeza no es un error, es una emoción necesaria.
La literatura también acompaña a quienes se sienten fuera de lugar. Las ventajas de ser invisible de Stephen Chbosky y El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, retratan la soledad juvenil y el peso de no encajar en un mundo que exige máscaras.
Hay frases que duelen porque dicen la verdad:
“No te odias porque seas insuficiente, te odias porque aprendiste a medir tu valor con reglas que no inventaste.”
Este texto no es una promesa de que todo estará bien mañana. Es un espacio seguro para admitir el cansancio, la duda y el miedo a no ser suficiente. Si alguna vez olvidaste quién eres para sobrevivir, no fue un fracaso: fue una forma de cuidarte.
No estás roto. Estás cansado.
No estás solo. Estás volviendo a ti.
Y si hoy sólo puedes existir sin explicarte ni corregirte, recuerda esto: tu sola presencia ya es una forma silenciosa de valentía.