Cuento
Por Victoria Valentina Paredes Rocha
La noche fría llega, ¿y yo?, yo estoy hundida en cama, hundida en preguntas y dolores del corazón.
No supe en qué momento ya me encontraba hablando con la Luna, más que una plática estábamos en terapia. Posada sobre mi ventana me decía: “Oh querida, la atención no es amor, el querer es sólo una obsesión y el apego no es conexión.” Su verdad sólo me empujaba la daga ya puesta en mi corazón. Ella, al ver la ilusión de mis ojos romperse, me invitó a subir a alguno de sus cráteres, me daría un paseo.
A mitad del viaje, a quién sabe dónde, un mosquito se coló en la aventura; no dejaba de molestarme, me decía al oído: “Tú lo deseas”, “no eres suficiente”, “lo que tú tienes son termitas no mariposas”; me sofocó y lo único que pude hacer fue matarlo de un manotazo, no sirvió de nada. Al parecer, cuando lo maté su alma molesta en venganza decidió vivir en mi cabeza, cantando una y otra vez el mismo son.
Estaba a nada de entrar en locura cuando la Luna me avisó que ya habíamos llegado; nos encontrábamos en Xochimilco, me pidió que no hiciera preguntas, que simplemente observara; siguió flotando a pocos metros del agua, hasta que paró en una casa. Sin decir palabra alguna me dejó caer al piso y regresó al cielo; entré en pánico cuando una voz grave me llamó, era un águila enjaulada. Quise pegar un grito cuando la misma águila me regañó; pidió que antes de hacer un escándalo la saludara, obedecí al instante. Del saludo comenzamos a platicar y le pregunté ¿por qué estaba encerrada? Me contestó que era presa de un humano, un humano que vendía su libertad a 80 pesos la foto.
Fueron un par de minutos de silencio cuando por fin me ofrecí a liberarla, se negó diciendo: “Una presa como tú no puede liberar a otro encarcelado; alguien que regala sus ojos por aburrimiento no podrá tan siquiera ver el cerrojo que me ata aquí, y de poder, no sabrías realmente de qué me liberarás, salir de esta jaula ¿para qué? Para que me vuelvan a encerrar, para no poder pasar de estos cielos, porque el humo de tus fábricas me enferma? Primero encuentra tus ojos y busca tu propio cerrojo.” Al escuchar sus palabras me eché a llorar, lloré tanto que purifiqué las aguas de Xochimilco.
Cuando dejé de sentir la sal caer por mis mejillas abrí los ojos y me logré ver desde la Luna, me di cuenta que yo soy la Luna, el mosquito, la águila y una noche fría.